Capítulo 13
La especie indonesia de celacanto, Latimeria menadoensis, nunca antes había sido encontrada, y mucho menos fotografiada, por un buceador. Esta es la historia de una aventura científica y humana, a 145 metros bajo la superficie.
«¡Un celacanto! ¡Un celacanto!» Estas palabras, gritadas a través del circuito de su rebreather por mi compañero Julien Leblond, quedarán grabadas para siempre en mi memoria.
Pero ¿cómo estar seguro de que la narcosis, al acecho a tales profundidades, no fue la responsable de lo que creíamos estar viendo? ¿Seguíamos siquiera conscientes? Años de ensoñaciones, alimentadas por una esperanza salvaje y lejana, dieron paso de pronto a una realidad que nuestro cerebro luchaba por aceptar. Conexiones desordenadas, interpretación nublada. ¿Podían años de investigación y de conversaciones con eminentes especialistas materializarse realmente ante nuestros ojos? ¿Había tenido realmente lugar aquel fugaz encuentro, un día de octubre de 2024, con uno de los animales marinos más emblemáticos?
PERO RETROCEDAMOS UN POCO.
Creo que mis primeros recuerdos del celacanto se remontan a la infancia. En libros de ciencias naturales, enciclopedias o revistas infantiles de naturaleza que teníamos en casa. Más tarde, por supuesto, durante mis años universitarios estudiando biología y ecología marina. ¿Cómo podría una clase de biología evolutiva dejar de mencionar a un animal de tanta importancia para lo que los científicos llaman «terrestrialización»: la gran transición de los vertebrados del agua a la tierra?
Y luego, por supuesto, estuvo la expedición de Laurent Ballesta en Sudáfrica. Yo era un buceador científico muy joven por aquel entonces, y era fascinante observar su día a día: estos buceadores experimentados arriesgándolo todo para encontrarse cara a cara con el mítico celacanto, ofreciendo así a los científicos del Muséum national d’Histoire naturelle de París (MNHN) la posibilidad de estudiarlo en su hábitat natural, hostil para el ser humano. Recuerdo la pasión, teñida de envidia, iluminando la mirada de Gaël Clément y Marc Herbin, ambos investigadores del MNHN, cuando los buceadores regresaban con valiosas muestras e imágenes. En aquel momento, era impensable para mí intentar una empresa semejante y, sin embargo, aquella aventura quedó instalada en el fondo de mi mente.
Y allí permaneció, hasta mi llegada a Indonesia en 2014, un país que alberga la segunda especie conocida de celacanto, Latimeria menadoensis. Este primo lejano de la especie africana, L. chalumnae, causó un gran revuelo cuando los científicos lo descubrieron en 1997, lejos de las costas de África.
Muy pronto comenzó la búsqueda de información: investigación bibliográfica, recopilación de registros de celacantos capturados por pescadores indonesios, visitas al MNHN, intercambios con Laurent y contacto con Mark Erdmann. Fue él, junto con su esposa Arnaz, quien en 1997 descubrió el primer espécimen de celacanto indonesio en un mercado de pescado en Manado, al norte de Sulawesi. Aquel individuo sería más tarde descrito formalmente como una especie distinta de la africana.
ALEXIS CHAPPUIS, biólogo marino y líder de las expediciones UNSEEN
Considerado durante mucho tiempo desaparecido desde hace 70 millones de años, el esquivo «celacanto» o «Raja Laut» («Rey del Mar» en el idioma local indonesio) se ha revelado una vez más, permitiendo a Alexis Chappuis y a UNSEEN Expeditions traer las primeras imágenes de esta especie (Latimeria menadoensis) tomadas por buceadores en su hábitat natural. Tras el legendario encuentro de Laurent Ballesta con la especie del océano Índico occidental, en Sudáfrica en 2013, este nuevo capítulo, nuevamente orgullosamente apoyado por Blancpain, es un recordatorio sobrecogedor de que el océano sigue siendo en gran medida desconocido y de que la exploración es más pertinente que nunca.
La expedición forma parte de un esfuerzo colaborativo con socios científicos internacionales y locales, incluidas las universidades Pattimura (Ambon) y Udayana (Bali).
Primer celacanto indonesio, Latimeria menadoensis, encontrado y fotografiado por un buceador, a 145 metros bajo la superficie. Este individuo es también el primer celacanto registrado en el archipiélago de las Molucas, Indonesia.
Pero harían falta algunos años más antes de que pudiera afirmar legítimamente que tenía acceso al reino sumergido del «Raja Laut», el «Rey de los Océanos» en indonesio.
Además de años de formación y de práctica del buceo profundo con gases mezclados junto a mi amigo e instructor Marc Crane, también era necesario crear vínculos y desarrollar sólidas alianzas científicas con universidades locales, para estudiar mejor y proteger los entornos profundos que explorábamos, grandilocuentemente llamados «ecosistemas mesofóticos». En otras palabras, hábitats donde la luz empieza a escasear.
En 2018 se fundó la asociación francesa UNSEEN, «Underwater Scientific Exploration for Education», lo que nos permitió llevar a cabo nuestro primer proyecto piloto en Bali, financiado por la prestigiosa National Geographic Society. A pesar de un apoyo tan notable, nuestro presupuesto era extremadamente ajustado. Justo lo suficiente para cubrir nuestras exigentes inmersiones. Sin embargo, esta modesta misión sentó las bases sobre las que se construirían nuestros proyectos futuros. Para 2020, Blancpain depositó su confianza en nosotros y aceptó apoyar nuestro trabajo. A partir de ese momento, por fin pudimos empezar a proyectarnos hacia sueños de exploración más ambiciosos.
Gracias a las alianzas establecidas con científicos locales, en particular el Dr. I Gede Hendrawan de la Universidad Udayana en Bali y el Dr. Gino Valentino Limmon de la Universidad Pattimura en Ambon, nuestra zona de estudio pudo extenderse a las Molucas. ¿Por qué las Molucas? Este vasto archipiélago de más de mil islas se encuentra en el corazón mismo del Triángulo de Coral, el epicentro de la biodiversidad marina. Y, sin embargo, en comparación con otras grandes regiones de Indonesia, sigue siendo relativamente aislado y poco atendido. Hasta donde sabemos, ningún buceador se había aventurado jamás en su zona mesofótica. Esto bastaba para alimentar nuestra curiosidad y nuestra determinación de documentar hábitats que ningún ser humano había visto. Pero también había una razón más secreta, tácita: la certeza de que el celacanto indonesio reinaba en estas aguas. A pesar de la intensidad de la pesca local, no se había registrado ni un solo espécimen en esta región de Indonesia, a diferencia de Sulawesi al oeste o Papúa Occidental al este, donde estos animales, por desgracia, habían sido capturados y documentados. Pese a esta aparente ausencia, se mantenía la convicción profunda de que habitaban las Molucas. Según las cartas marinas, notoriamente imprecisas en esta parte del mundo, parecían surgir hábitats adecuados. Pero, por supuesto, habría que verificarlo sobre el terreno.
No había forma de garantizar un encuentro con un celacanto, desde luego. Así que nuestro objetivo era primero identificar hábitats que pudieran ser favorables para ellos.
Así, en 2022 se lanzó la primera misión moluqueña, Deep Reefs of the Far East, dedicada al mar de Banda, al sur. Habíamos deseado incluir también las Molucas del norte, pero las distancias eran demasiado grandes y muy pocas embarcaciones aceptaban ir allí, pues el viaje se consideraba demasiado arriesgado y complicado. Veinticinco inmersiones profundas, un tiempo total de inmersión de más de cuatro días entre los tres buceadores, y ni rastro de un celacanto. ¡Y sin embargo la misión estuvo lejos de ser un fracaso!
Marc Crane recogiendo sedimento a 106 metros de profundidad en 2022, para que científicos de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación de Indonesia (BRIN) pudieran analizar la contaminación por microplásticos.
Documentamos ecosistemas mesofóticos excepcionales, con una biodiversidad asombrosa y especies raras que nunca antes habían sido ilustradas. Algunos sitios podrían haber sido adecuados para celacantos, pero las temperaturas jugaban en nuestra contra: 22 a 24°C a 130 metros de profundidad, demasiado cálido.
Tras una misión más modesta en las islas Banda en 2023, concebida para mantener activas nuestras colaboraciones, por fin se organizó una nueva expedición de gran envergadura en 2024, una vez más con el apoyo inquebrantable de Blancpain. Y esta vez, gracias a la generosidad de Steven Watson, que puso a nuestra disposición su embarcación y su talentosa tripulación bajo el mando del capitán John Maas, ¡por fin accederíamos a las Molucas del norte!
Al igual que en 2022, el objetivo de la misión era cubrir la mayor superficie posible en busca de hábitats potenciales de celacanto. Solo teníamos tres semanas, lo que puede parecer mucho, pero en buceo profundo no podemos gestionar más de una inmersión al día y, de vez en cuando, debemos permanecer en seco para permitir que el cuerpo se recupere del estrés fisiológico que generan profundidades tan extremas. Esto significaba que, en veinte días en el mar, entre días de navegación y días de descanso para los buceadores profundos, solo podían realizarse quince inmersiones profundas. Menos de quince sitios explorados, esto dice mucho sobre la dificultad de estudiar los hábitats mesofóticos.
Indonesia, un vasto archipiélago de miles de islas, alberga una biodiversidad increíble. Los arrecifes mesofóticos no son una excepción y dan refugio a especies poco conocidas como este pez ballesta, Rhinecanthus abyssus, jamás fotografiado vivo en su hábitat natural.
A bordo había varios equipos. La tripulación del barco, por supuesto; un equipo de buceadores científicos de poca profundidad, compuesto por tres científicos de la Universidad Pattimura en Ambon, Jefry Sarimanella y Fajrin Rahayaan, diri- gidos por el Dr. Gino Valentino Limmon; un equipo de dos buceadores profundos, Julien Leblond y yo, acompañados por nuestro buceador de seguridad Yus Rizal Rumadaul. También contamos con el apoyo de Melissa White, de la International Seakeepers Society, y de Gonzalo Pérez- Rosales. Para inmortalizar la misión, Arnaud Denisot se encargó de las imágenes terrestres y aéreas.
Para supervisar a este equipo multidisciplinar y multicultural y coordinar las ope- raciones de la manera más fluida posible, era esencial contar con un director de orquesta virtuoso. O más bien, una directora. Este papel recayó en Priska Widyastuti, oceanógrafa de formación, que desde 2020 trabajaba incansablemente entre bastidores, tanto antes como después de las expediciones, para gestionar gran parte de la logística y, sobre el terreno, asegurar la sincronización de los distintos equipos y supervisar el proceso científico. Un papel crucial que exige una adaptabilidad notable y un amplio abanico de competencias.
Cada vez que llegábamos a un lugar, era indispensable respetar las tradiciones locales: no se contemplaba bucear sin haber obtenido antes el permiso de los jefes de las distintas aldeas. Muchos de ellos siguen todavía leyes tradicionales, muy diferentes de las impuestas por la sociedad moderna. Por ejemplo, la pesca o la captura de ciertos peces u otros animales marinos se prohíbe regularmente durante varios meses, e incluso años, para permitir que las poblaciones se recuperen. En algunos casos, se cierran arrecifes enteros.
Detrás de estas prácticas no hay «ciencia» en el sentido en que la entendemos. Ni cuotas calculadas según los intereses de industrias sin escrúpulos, ni recomendaciones ilustradas de científicos pesqueros con múltiples titulaciones. No, se trata simplemente de conocimiento y comprensión del mundo natural, basados en una sabiduría ancestral y en prácticas transmitidas de generación en generación. Y puro sentido común. Es una forma de gestión de los recursos marinos de la que nuestros dirigentes harían bien en inspirarse si queremos proteger de verdad nuestros océanos.
Tales costumbres tradicionales exigen respeto y admiración, y debíamos cumplirlas. En cada nuevo sitio, nos presentábamos al jefe de la aldea, explicándole las razones de nuestra presencia, para que pudiera decidir si nos concedía o no el permiso de deslizarnos al agua para bucear en el arrecife bajo su cuidado.
Hubo ocasiones en que este permiso, tan codiciado, no se concedió, y no tuvimos más remedio que continuar hacia otro lugar donde nuestra presencia fuese tolerada.
La vida a bordo estaba en movimiento constante, y los días eran largos.
Cada día, Jefry, Fajrin y Gino realizaban múltiples inmersiones y recogían muestras de esponjas y de agua para sus proyectos de investigación. El ADN ambiental, extraído del agua recogida, proporcionaría una idea de la biodiversidad presente en los sitios explorados. Nuestros colegas también efectuaban transectos para evaluar la salud de los arrecifes someros, muchos de ellos en lugares que nunca antes habían sido estudiados. De vuelta a bordo, debían catalogar sus muestras: muestras de esponjas almacenadas en etanol al 96 % y muestras de agua filtradas, a menudo hasta bien entrada la noche, para preservarlas para análisis futuros.
Equipos trabajando a diario. Se suceden las inmersiones, al igual que el procesamiento de las muestras recogidas hasta bien entrada la noche.
Los sitios mejor conservados muestran una abundancia de vida marina hoy rara. Y, sin embargo, así deberían verse nuestros océanos.
Las inmersiones profundas también se sucedían una tras otra. Julien y yo repetíamos los mismos rituales cada día. Descensos por paredes vertiginosas se multiplicaban hasta alcanzar la zona entre 100 y 130 metros de profundidad, la última frontera, marcada por rastros de una erosión antigua de hace unos 20.000 años, cuando el nivel del mar estaba en su punto más bajo. Es aquí, en esta zona crepuscular donde apenas un 1 % de la luz solar ha sobrevivido a su descenso fatal hacia el abismo, donde nuestras probabilidades de encontrar el celacanto eran mayores. Pero, al fin y al cabo, ¿cuáles eran nuestras probabilidades reales? ¿Y cómo optimizarlas? ¿Cómo decidir dónde bucear, nosotros, diminutas criaturas terrestres frente a la inmensidad del océano? ¿Al sur o al norte de este cabo rocoso? ¿A qué hora? ¿A qué profundidad exacta debía mos concentrar nuestra búsqueda? Los celacantos son móviles, pueden desplazar se horizontal o verticalmente. Sería muy fácil pasarlos por alto por solo unos metros. Estas preguntas me obsesionaban, me mareaban. Intentaba apartarlas, recordándome que hay que empezar por algún sitio. Solo esperaba que, algún día, todas las pistas y la información reunidas a lo largo de los años encajaran por fin, como las piezas de un rompecabezas.
La ruta de la expedición, trazada a partir de cartas batimétricas e intercambios con Mark Erdmann, nos permitió visitar sitios magníficos, de diversidad excepcional. Algunos, sin embargo, habían sido víctimas de una devastadora pesca con explosivos, años o incluso décadas atrás, y aún no se habían recuperado. Llanuras cubiertas de escombros de coral, sin signo de regeneración. Diversidad y abundancia de peces casi nulas. Cicatrices imborrables de la codicia humana.
Durante estas inmersiones, las corrientes eran a menudo fuertes, lo que las hacía aún más exigentes. Sin embargo, el profesionalismo del equipo de superficie, que velaba por nuestra seguridad, nos permitió man tener la conciencia tranquila y permanecer concentrados. Fotografíamos especies rara vez, si es que alguna vez, documentadas en su entorno natural, y recogimos algunas muestras de esponjas mesofóticas para nuestros colegas de la Universidad Patti mura. ¿Quién sabe? Quizá una de ellas resultara nueva para la ciencia o contuviera moléculas de interés para la medicina.
Y entonces, en el décimo día de la expedición, por fin llegamos a un sitio que llevaba mucho tiempo deseando explorar. Según las cartas, prometía grandes cosas bajo la superficie. Despertando poco antes de las seis, mientras el barco buscaba un fon deo seguro pese a una ligera corriente, pude admirar el espléndido paisaje ante nosotros, aunque me abstendré de describirlo aquí para preservar su anonimato.
Tras un desayuno rápido y preparar nuestro equipo, entramos al agua justo antes de las nueve. Un instante de vacilación y encontramos un antiguo flujo de lava sumergido que se precipitaba con fuerza hacia profundidades irrazonables. Decidimos seguirlo. Nos acompañaron durante todo el descenso atunes diente de perro.
Atravesamos lo que parecían ser dos termoclinas, esas finas capas donde la temperatura del agua cae bruscamente. A 120 metros de profundidad apareció ante nosotros una gran pared vertical, bastante lisa y cubierta de esponjas, relativamente pobre en peces por falta de cavidades. Desplazándonos unos metros lateralmente, encontramos grandes grietas y salientes rocosos. Esta topografía compleja continuaba más abajo, aunque nos detuvimos prudentemente a 125 metros. Era la chispa que yo había estado esperando. Una rápida mirada hacia abajo reveló un mundo laberíntico de bloques y cavidades. Aunque la luz tenue hacía imposible la certeza, este sitio era el más prometedor que había explorado en todos estos años para lo que buscábamos. Incluso las temperaturas parecían favorables.
El ascenso fue igual de impresionante, llevándonos junto a grandes fisuras y a una zona de diversidad extraordinaria entre 80 y 60 metros. Luego vino la larga fase de descompresión, más de tres horas, soportando corrientes fuertes y cambiantes.
Una vez fuera del agua, decidí que debíamos regresar a este sitio, solo que más profundo. La inmersión se planificó para dos días más tarde. Al principio, el tiempo no estuvo de nuestro lado: el oleaje procedente de un ciclón en Filipinas sacudía nuestro barco, complicando la entrada. De hecho, la neumática tuvo dificultades para colocarse sobre el sitio y, una vez en el agua, resultaba difícil recuperar nuestro equipo. Finalmente, tras el tumulto de la superficie, la calma de la inmersión. Descendimos a lo largo del flujo de lava. Estaba oscuro. La primera caída brusca de temperatura llegó a -35 metros. Avanzamos rápidamente con nuestros scooters: -60, -80, -100 metros. El arrecife desfilaba ante nuestros ojos, la luz se desvanecía junto con la temperatura. La presión aumentaba. Me invadió una sensación extraña, que ese día sería diferente. Pero intenté silenciar esa voz para evitar la decepción de una cita fallida. Al fin y al cabo, el mundo salvaje es impredecible e indómito, afortunadamente inmune a nuestras expectativas. Nuestro plan era descender hasta -150 metros para verificar la presencia de una cueva o un saliente que creí haber vislumbrado dos días antes. Alcanzamos -152 metros, aún rodeados de un hábitat extraordinario. Pero los minutos a tales profundidades son costosos; los segundos se estiraban en horas durante el largo ascenso. Tras solo unos minutos, tuvimos que abandonar esas profundidades embriagadoras y comenzar la descompresión.
Un enorme bloque se alzaba ante nosotros. Para cubrir una zona mayor, nos separamos: Julien a la derecha, yo a la izquierda.
Y entonces, de repente, un grito apenas contenido: «¡Un celacanto! ¡Un celacanto!» ¿Había oído bien? «Imposible... ¿De verdad este es el lugar y el momento para una bro- ma así? No, no se atrevería.» En una fracción de segundo, este pensamiento cruzó mi mente. Rehice mis pasos, rodeando apresuradamente el bloque hacia la derecha para reunirme con Julien.
Y allí, el choque. El tiempo se detuvo. No podía creer lo que veía. Allí estaba, ante mí, flotando sin esfuerzo apenas a unos centímetros de la roca, encajado junto a un hermoso abanico de mar naranja. A pesar de la oscuridad envolvente, era imposible equivocarse: la silueta típica y robusta, la coloración única, esas aletas características... Y, sobre todo, ese incomparable ojo verde, en el que yo también clavé la mirada. Julien no había bromeado ni soñado. Esta criatura de otra era no tiene igual entre los seres vivos, y no podría confundirse con ninguna otra. Su placidez e indiferencia contrastaban con la mayoría de las criaturas marinas, que normalmente huyen ante el superdepredador que somos los humanos. Pero el celacanto permaneció, confiado en su robustez. Al fin y al cabo, había atravesado las eras y se había enfrentado a las criaturas marinas más feroces, sobreviviendo a crisis ecológicas y extinciones masivas que jalonaron la historia de nuestro planeta. No iba a flaquear ahora. Y, sin embargo, su inmovilidad era solo aparente. Mirando más de cerca, sus aletas lobuladas se movían suavemente, manteniendo un equilibrio delicado, suspendido cerca de la roca, rozando apenas los organismos con los que compartía su hábitat.
Su aleta dorsal, tan distintiva, estaba erguida, desplegando valientemente sus radios erizados de diminutas espinas. ¿Una señal de defensa? Sin duda, nuestra presencia y nuestras luces lo perturbaban. Intentamos, en la medida de lo posible, minimizar su incomodidad, evitando la luz directa para proteger sus ojos y sin acorralarlo nunca, asegurándonos de que siempre tuviera una vía de escape si nuestra presencia se volvía demasiado insoportable.
Una vez superado el shock inicial de este encuentro inesperado y en una euforia difícil de contener, necesitábamos tomar fotografías para traer la prueba de esta observación extraordinaria. Y también para asegurarnos de que no estábamos atrapados en un delirio alucinatorio. El tiempo era escaso. Me costaba sacar mi cámara, aún fijada a mi lado derecho. Quité, o más bien arranqué, la cubierta protectora del domo, ajusté los flashes, encuadré... ¿Por qué me tiemblan tanto las manos...? Necesito respirar para calmarme. Concentración. Pulso el disparador una vez, dos... Mientras tanto, Julien está filmando, con una sonrisa permanente reflejada en sus ojos.
Unas cuantas tomas más y ya era el momento de iniciar de verdad nuestro largo ascenso. Solo habíamos estado en presencia el uno del otro durante cinco minutos y, sin embargo, ya era hora de separarnos. Frente a este tótem del mundo submarino, ¿cómo mantenerse razonable a profundidades tan irrazonables? Y, sin embargo, debíamos silenciar esa admiración, ese deseo de contemplar, que nos habría tentado a quedarnos más tiempo. Era absolutamente vital obligarnos a ascender, dejarlo en su reino hundido, tan inhóspito para nosotros, meras criaturas terrestres.
No hay palabras para describir las emociones que sentimos Julien y yo. Encontrar, alrededor de una roca a 145 metros de profundidad, un animal con el que había fantaseado durante tantos años, en medio de un vasto archipiélago donde nunca antes se había reportado ni un solo avistamiento... Las emociones chocaban. No se tomó ninguna foto durante las cuatro horas de descompresión que siguieron. Mi mente estaba en otra parte. Primero llegó la inmensa alegría de que la Naturaleza nos hubiera regalado tal encuentro, de que todos nuestros esfuerzos y sacrificios por fin hubieran sido recompensados y de que nuestras hipótesis no fueran del todo descabelladas. Luego, la emoción de pensar en la reacción de nuestro equipo en la superficie, ajeno a lo que había ocurrido, y la de nuestros socios.
Luego, muy rápidamente, surgieron preguntas más oscuras: ¿debíamos revelar nuestro hallazgo? ¿Podría nuestra revelación poner en riesgo a esta posible nueva población de celacantos incitando la codicia humana? A pesar de estas preguntas inquietantes, mi sonrisa no vaciló.
Un mundo submarino de topografía retorcida, lejos de la superficie, alberga uno de los animales vivos más míticos. La morfología distintiva del celacanto impresiona, al igual que su movimiento, usando sus características aletas lobuladas.
Regresamos a la superficie con parte del equipo, nuestros ángeles guardianes, que habían esperado pacientemente durante más de cuatro horas, flotando con el oleaje y las corrientes. Exhaustos, con la mandíbula dolorida por tantas horas bajo el agua, los rostros hinchados, intentamos hasta el último momento evitar sus miradas inquisitivas: sabían que teníamos noticias que compartir. Pero, ¿cuáles? La noticia cayó. Priska rompió a llorar, Arnaud no podía creerlo. Luego llegó la euforia general. La misma acogida nos esperaba en el barco, donde el capitán dejó su puente para felicitarnos. Él también estaba asombrado. Era el día después de su cumpleaños y, unas semanas más tarde, se jubilaría. No podía haber deseado un mejor regalo,
y nosotros tampoco. Le estamos infinitamente agradecidos a él y a su tripulación, y a Steven Watson, por permitirnos hacer realidad este sueño completamente loco.
Ningún proyecto de este tipo podría tener éxito sin la unión de talentos variados, con personas apasionadas de distintos horizontes trabajando codo con codo para alcanzar los objetivos fijados. Y, por supuesto, para hacerlo posible, es esencial contar con socios igual de apasionados que nos den los medios para actuar.
Al día siguiente, volvimos a probar suerte y me tocó a mí encontrar a la misma criatura, a 140 metros de profundidad, en el mismo lugar del día anterior. En esta ocasión, tuvimos un poco más de tiempo. Ocho preciosos minutos en su presencia. Más contemplación, más imágenes. Saboreamos esta fortuna extraordinaria antes de iniciar una vez más nuestro largo ascenso hacia la luz.
Al día siguiente, sin embargo, nuestro animal no apareció. Buscamos en vano. Un recordatorio contundente: la vida salvaje es libre e impredecible. En definitiva, ¿qué podría ser más noble que estos encuentros fugaces e inesperados en el mundo natural y la ligera frustración cuando no ocurren? En una era de inmediatez virtual, es esencial recordar que nada es más magnífico que un animal libre en su hábitat preservado, en lugar de pasear tras barrotes o tras un grueso panel de plexiglás ante una multitud que se empuja por la foto perfecta para las redes sociales. Saber simplemente que nuestro celacanto existe en algún lugar, quizá cerca, viviendo de forma independiente, basta para alegrarnos y compensar la decepción egoísta de no poder saludarlo una última vez. Ahora, debemos continuar nuestro viaje hacia otras islas remotas durante los seis días restantes de nuestra misión.
Tras una larga reflexión y numerosas conversaciones con los implicados en el proyecto, se decidió revelar públicamente
el descubrimiento. Hoy, el mundo natural se enfrenta a un asalto humano sin precedentes, implacable y violento. Ecosistemas enteros están siendo devastados y colapsan; las especies desaparecen a un ritmo alarmante, casi sin ser advertidas, en medio de un silencio intolerable. Las Molucas del norte no se libran: la minería para alimen- tar nuestra transición energética y un consumo insaciable, produciendo baterías para vehículos eléctricos y dispositivos conectados, está devorando bosques primarios milenarios, junto con las poblaciones indígenas que antes vivían allí en total armonía. Por efecto dominó, arrecifes enteros, vitales para el sustento de las comunidades locales, son devastados por la escorrentía de sedimentos, a veces contaminada con productos químicos, ya no retenida por la vegetación.
El celacanto es una especie tan emblemática que despierta un gran interés a nivel local, nacional e internacional. Es una palanca notable para la conservación de los hábitats marinos, capaz de reunir a científicos, responsables políticos y público en torno a la protección del océano y de fomentar la creación de nuevas Áreas Marinas Protegidas. Como «especie paraguas», su protección podría garantizar la salvaguarda de los hábitats en los que prospera y, por tanto, de todas las demás especies que comparten ese entorno.
Por ello consideramos necesario revelar su existencia en las Molucas, ya que no solo aporta nueva información valiosa sobre la distribución de esta especie aún enigmática, que ya figura como «vulnerable» en la UICN, sino que también abre la puerta al desarrollo de una red de áreas naturales protegidas para conservarla mejor.
Nos permitimos soñar que, algún día, nuestras modestas observaciones y nuestro trabajo puedan permitir al celacanto indonesio y a todas las especies que habitan su reino de aguas profundas vivir en paz, a salvo de la insensatez humana.
Julien y Alexis realizando las comprobaciones finales antes de la inmersión del día.
Foto del equipo implicado en este descubrimiento.