Capítulo 4
Cuando la sonería desempeñaba un papel fundamental en la medición del tiempo.
Nuestra experiencia nos ha llevado a pensar que la sonería del tiempo es una complicación construida sobre el tren de marcha regular de un reloj. En efecto, se la considera universalmente, y con razón, como un exquisito adorno, una señal de que el reloj se cuenta entre las creaciones relojeras más raras, más elaboradas, más cautivadoras, más impresionantes y, sí, más costosas. Sin embargo, frente a nuestra concepción moderna, que asigna a las sonneries un papel subsidiario en la medición del tiempo, la historia y los fundamentos mismos de la sonería del tiempo revelan una realidad bien distinta. Hace siglos, nacida de los relojes públicos de las ciudades y los pueblos, la sonería se consideraba un elemento esencial: lejos de ser un mero embellecimiento de la indicación visual del tiempo, las esferas y las agujas desempeñaban entonces un papel estrictamente secundario.
Conviene recordar los ritmos de vida en las primeras sociedades agrarias. Lo que importaba era la salida y la puesta del sol, los cambios de estación y, en menor medida, las fases de la luna. Las horas y los minutos sencillamente no eran factores importantes. Hubo dos desarrollos principales que alte- raron drásticamente tanto la vida como la conciencia de las unidades de tiempo. A comienzos del siglo XIV, en los monas- terios europeos, las llamadas regulares a la oración en horas fijadas con estricta determinación se convirtieron en un elemento del día monástico, prevaleciendo sobre otras rutinas cotidianas. Casi de manera coincidente con este cambio en la vida diaria fue la invención de grandes relojes mecánicos accionados por engranajes que, por supuesto, volvieron obsoletas construcciones de siglos anteriores, como los relojes de agua.
Estos mecanismos permitieron la sonería del tiempo, incluida la cuenta de las horas. Para convocar a los monjes, a menudo trabajando a distancia, se consideró esencial una sonería que tocara y contara las horas. Rápidamente, esta función se extendió a monasterios de toda Europa. A medida que los días de los monjes se organizaban en torno a estos grandes relojes de sonería, lo mismo ocurrió con los de los ciudadanos que vivían dentro de su alcance audible y que, asimismo, adaptaron sus actividades a las sonerías de la iglesia.1
En los siglos XIV y XV, a medida que la vida en villas y ciudades fue sustituyendo a la agricultura aislada, las comunidades urbanas instalaron relojes mecánicos en edificios municipales y plazas públicas, capaces de marcar el paso de las horas. Un ejemplo ilustra hasta qué punto se valoraban los relojes dotados de sonería autónoma. En la localidad austríaca de Tulln, la condena de un asesino convicto —un herrero— fue conmutada con la condición de que construyera un gran reloj para la plaza del pueblo que «sonara por sí mismo».
No es sorprendente que los negocios, los sistemas legales y, lo más importante, la propia cultura se adaptaran a estas instalaciones que contaban y hacían sonar el tiempo, y supieran sacarles partido. La puntualidad se convirtió en un rasgo de la vida. Se extendió ampliamente el pago de salarios en función de las horas trabajadas. En Inglaterra, el «Statute of Apprentices», promulgado en 1563 durante el reinado de Isabel I, impuso el pago de un salario por hora, haciendo de la medición del tiempo una exigencia empresarial. En el centro de todo ello se encon- traba la sonería au passage —automática, a medida que transcurría el tiempo— de las horas, a la que más tarde se añadieron los cuartos.
Este sistema estableció los patrones de sonería que hoy conocemos como grande sonnerie y petite sonnerie. De forma reveladora, el tañido de las campanas durante este periodo formativo estaba tan estrechamente ligado a la noción del tiempo que la palabra inglesa clock deriva de clocca, el término latino para campana.
WESTMINSTER
Curiosamente, la melodía de campanadas más reconocida en el mundo, que hoy lleva el nombre de «Westminster», no se originó en el Westminster de Londres. Encargada por Joseph Jowett, profesor de Derecho Civil, fue compuesta en 1793 en Cambridge por el profesor de Música John Randall, con la ayuda de un alumno de licenciatura, William Crotch. Debutó en la iglesia de St. Mary’s the Great de Cambridge.
La popularidad generalizada, así como el renombre, llegaron cuando Edmund Beckett Denison utilizó la composición para el Palacio de Westminster. Esa prominencia, que eclipsó ampliamente la de Cambridge, no solo impulsó su difusión, sino que le dio el nombre por el que se la conoce hoy.
1 En efecto, existe una expresión italiana, «campanilismo», que, traducida aproximadamente, significa identificar la propia comunidad como aquella que se encuentra dentro del alcance sonoro del reloj del pueblo.